John Kenneth Galbraith, un responsable más de la decadencia argentina

Por Adrián Osvaldo Ravier*
No son pocos los argentinos que hoy sufren con la política económica anti-capitalista, autoritaria y prebendaria kirchnerista. Su persistente persecución sobre los empresarios a través de diferentes políticas como el sostenimiento de una estructura impositiva perversa, un tipo de cambio devaluado que reduce el salario real de todos los argentinos, el control de precios que persigue inútilmente erradicar la inflación, o la prohibición de exportar carne, ya han inhibido numerosas, importantes y necesarias inversiones, para un país cuya población está aun sufriendo los desastres económicos de 2001, y por que no también, de los últimos setenta u ochenta años.
Tampoco son pocos los economistas que avalan su política económica, quienes a mi juicio avalarán también, los numerosos escritos de pensadores como John Maynard Keynes o el recién fallecido John Kenneth Galbraith (1908-2006).
No haremos aquí una detallada biografía del difunto economista. Tan sólo observaremos ciertos puntos que nos permitirán generar un panorama reflexivo sobre su política económica.
En primer lugar, quisiera destacar que Galbraith acompañó y apoyó la revolución keynesiana. Una revolución que transformó la teoría económica y fundamentalmente la política económica. Una política económica que intercambió la ortodoxia del liberalismo clásico, por la más absurda arbitrariedad; el equilibrio fiscal por el persistente déficit fiscal; el libre cambio en materia de comercio exterior, por el proteccionismo; una moneda sana por niveles medianos y altos de inflación; sintetizando, un estado limitado, por un estado intervencionista.
Galbraith por supuesto no se limitó únicamente a aprehender y difundir el keynesianismo, sino que generó sus propios aportes. El más reconocido quizás sea aquella tendencia empírica (sólo observada por él) hacia la concentración del capital y los monopolios en casi todos los mercados. Concretamente, Galbraith sostenía que las empresas pequeñas estaban desapareciendo a manos de las grandes corporaciones, lo cual a su vez, eliminaba gradualmente la competencia en perjuicio de la “soberanía del consumidor”.
Esto lo llevó en 1961 a un recordado debate con el profesor austríaco y Premio Nóbel de 1974, Friedrich A. von Hayek, sobre el “efecto dependencia”. Galbraith argumentaba que en una sociedad moderna, era la publicidad la que creaba la necesidad en los consumidores. Luego, al ser éstas necesidades creadas de manera artificial, no debía aplaudirse al mercado por satisfacerlas. Hayek sin embargo, señaló que prácticamente todas las necesidades reciben esencialmente la influencia del entorno cultural. Salvo excepciones como la comida, el techo y el sexo, las necesidades no tienen origen en el individuo, sino que son aprendidos, sin dejar de ser por ello, importantes. Hayek demostró que es mucho mejor que exista una pluralidad de productores haciendo publicidad para competir por la clientela, que concebir a un gobierno que contenga a la gente para que gaste sus ingresos según la moda de cierta elite política. Dos premios Nóbel, Gary Becker y George Stigler, apoyaron más tarde la posición de Hayek, argumentando que la publicidad es informativa y no manipuladora.
Quizás la in-compresión de Galbraith en este sentido, lo llevó a ser un acérrimo defensor del “control de precios” en los años 1930, política que implementó bajo la presidencia de Roosevelt, en una de sus primeras incursiones en el ámbito público, y que prorrogó la salida de la gran depresión para después de la segunda guerra mundial.
El problema de Galbraith (y quizás hoy, de la mayoría de los economistas), es que jamás comprendió como funcionaba el libre-mercado, para luego intervenirlo. Su comprensión del mismo estaba basada en un modelo de competencia perfecta (con sus absurdos supuestos), y nunca en el análisis multidisciplinar que surge de la Escuela Austríaca de Economía, basado en la dinámica acción humana.
El lector se preguntará la razón por la cual economistas como Keynes o Galbraith alcanzan gran popularidad, y otros como Mises o Hayek mueren en el anonimato. Jacques Rueff daba una respuesta: “La gente tiene notables preferencias por escuchar ideas complacientes y no explicaciones rigurosas.”
Galbraith es un espejo que esperemos, los jóvenes no sigan. De otra forma, la economía argentina seguirá sumergida en la pobreza y la indigencia. Para algunos economistas, Galbraith “ha arrojado un potente haz de luz en negro sobre las tinieblas creadas por infundios interesados”. Para quien les escribe, Galbraith ha sumergido a los economistas (y porque no a los responsables de gobernar al país) en la más oscura ignorancia.
* El autor es Economista e investigador de la Fundación Friedrich A. von Hayek.
Artículo publicado en el diario de Córdoba “La voz del interior”, 08-jun-2006.
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Una respuesta

  1. vos sos un boludo y no tenes huevo

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