Reflexiones sobre la inflación en la Argentina

Fuente: Fundación Hayek, Argentina (http://www.hayek.org)

Publicado originalmente en: “Controlando al Leviathan: Revista Digital de Política Argentina“, No. 7 (Ver aquí)

Autor: Adrián Ravier (Economista e investigador de la Fundación Friedrich A. von Hayek)

Luego de la devaluación y la crisis económica de 2001/02 la economía argentina emprendió un nuevo camino que, apoyado sobre un contexto internacional favorable, y a pesar de sostenerse en un nivel récord de presión impositiva y gasto público, le permitió alcanzar cierta recuperación de la actividad económica. Este proceso, sin embargo, fue acompañado desde el comienzo por niveles crecientes, aunque no alarmantes, de inflación. En los últimos meses sin embargo, la inflación se ha convertido en el foco de principal atención tanto por parte de los consumidores, como por parte del gobierno y sus opositores.

La pregunta que se presenta a los analistas es si el gobierno podrá evitar una aceleración del proceso e incluso si se puede descartar un proceso hiperinflacionario. Pretendemos aquí ofrecer algunas reflexiones en tal sentido.

Creemos que para resolver el problema inflacionario el gobierno debe:

1. reconocer que el problema existe;
2. comprender cuál es la causa del problema;
3. tener la decisión política de querer resolver el problema.

1. El gobierno no reconoce el problema
Hoy hay pleno consenso de que las estadísticas presentadas por el INDEC son falsas e inconsistentes. Negar el verdadero nivel de inflación pone en duda otras variables como la actividad económica y los niveles de pobreza, indigencia y desempleo. A la posibilidad de que el FMI declare estas estadísticas como “no confiables”, se suman los posibles reclamos judiciales por parte de los bonistas extranjeros que compraron títulos ajustables por el Coeficiente de Estabilización de Referencia (CER) y que considerarían que lo que el estado hace es una “estafa”, subestimando el índice de inflación para pagar menos intereses. Esto lleva al gobierno a perder acceso a los mercados voluntarios de crédito en un momento de crecientes vencimientos lo que abre algunos interrogantes en el frente fiscal.

2. El gobierno se equivoca respecto de la causa del problema
En los últimos meses se ha destinado mucho espacio en los diversos medios para explicar cuál es la causa de la inflación. He podido observar que la gran mayoría de los escritos apuntan al contexto internacional, afirmando que la suba de los precios internacionales explica la suba de precios internos que hoy sufre la economía argentina. En consecuencia, este diagnóstico erróneo del problema, ha llevado a los hacedores de políticas públicas a proponer diversas soluciones, ya conocidas por todos, como los controles de precios, los subsidios o las retenciones a las exportaciones, por enumerar sólo las más mencionadas.

Ahora, ¿qué relación existe entre la inflación local y la internacional? A nuestro juicio, poca o ninguna. El economista y consultor, José Luis Espert, incluso cuantifica esta relación: “de 30% de inflación local el problema mundial de alimentos serán 3 ó 4 puntos. Los problemas de la Argentina siempre son de la Argentina.” Y esta afirmación tiene bastante sentido: si la inflación mundial impactara en todas las economías exportadoras de commodities cuyos precios están subiendo, entonces Brasil (por tomar un caso) debiera experimentar hoy un nivel de inflación similar al de la economía argentina. Desde luego, este no es el caso.

Controles de precios y subsidios
Desde el punto de vista teórico, cualquier economista reconoce que los controles de precios y subsidios provocan distorsiones sobre los precios relativos, impactando negativamente en la eficiencia de la economía y produciendo una escasez relativa sobre el bien o servicio al que se le aplican precios máximos. Tal fue el caso en la economía argentina para productos como los lácteos y la carne.

A esto se suma que desde 2003, cuando asumió Néstor Kirchner como presidente, el Gobierno ha intentado combatir la inflación mediante estos elementos. Entonces la inflación era de un dígito, hoy se estima que es mayor al 30%. La evidencia muestra que la inflación, por lo menos, se triplicó, es decir que el programa antiinflacionario argentino de control de precios y subsidios fracasó.

Retenciones a las exportaciones
La disputa con el campo, por su parte, ha llevado al gobierno a argumentar que las retenciones son necesarias para evitar precios locales más altos y, en consecuencia, un problema inflacionario mayor.

Esto requeriría un análisis aparte, pero aquí nos basta con contra-argumentar que las retenciones más que reducir los precios locales, producen el efecto contrario. En el largo plazo, al des-estimular las inversiones en el sector mediante trabas a la exportación, se reduce la oferta y se incrementan los precios. Algunos analistas incluso proyectan que, en el largo plazo, la Argentina importará aquellos productos sobre los que hoy recaen estas retenciones.

El mundo hoy sufre la “irresponsabilidad social del gobierno” de evitar o limitar la exportación de alimentos. Argentina, mientras tanto, pierde una gran oportunidad de volver a convertirse en el granero del mundo.

Tipo de cambio fijo

Creo que para desarrollar un diagnóstico correcto del actual proceso de inflación debemos relacionar el tipo de cambio cuasi-fijo que sustenta el modelo del gobierno K, con la políticas tomadas por Martín Redrado en el Banco Central.

Hace unos 250 años, David Hume introducía un aporte central a la ciencia económica, y en particular a la economía internacional, al explicar que en el comercio entre naciones existe una tendencia a que las exportaciones se igualen con las importaciones.

Cuando dos personas intercambian bienes desde dos países distintos, se da un flujo de bienes y moneda entre estos dos países que llevan direcciones opuestas, es decir, que si los bienes salen, el dinero entra, y viceversa. En pocas palabras, si exporto un bien, importo dinero; si importo un bien, entonces exporto dinero. Este intercambio altera la relación entre bienes y servicios en un país y el circulante, debiendo alterarse el nivel general de precios.

Sin embargo, si existiera una identidad entre las exportaciones y las importaciones, entonces los flujos entrantes y salientes serían iguales, por lo tanto la relación entre dinero y bienes se igualarían sin alterarse el nivel general de precios. El aporte de David Hume estuvo en explicar cómo se llega a este equilibrio naturalmente. Así como una economía libre tiende a la armonía, varias economías libres tienden al equilibrio entre ellas.

Si como ocurre actualmente en la economía argentina, un país llegase a exportar más de sus bienes de los que importa, el total de producto en la nación disminuye, mientras que su circulante aumenta. Esta doble tendencia, la baja del producto y el aumento del circulante, hace que los precios suban. Del mismo modo, del otro lado de la frontera, los bienes aumentan y el circulante disminuye, por lo tanto los precios bajan. Este proceso hace que a los habitantes del país donde los precios se elevan prefieran importar los bienes del exterior porque sus precios son menores, revirtiéndose el flujo, bajando los precios en el primero y subiendo en el segundo. De este modo, si no se interfiere con el libre actuar de los individuos, las exportaciones tienden a igualarse con las importaciones.

Que los países posean monedas diferentes no modifica el análisis. Ahora, además del precio de los productos, tenemos el tipo de cambio como medida que indica a los individuos donde comprar sus productos, en el interior o en el exterior. Tampoco sucede nada si estos países son tres o más, las distintas divisas irán de un país a otro hasta que finalmente vuelvan al país de origen. Así como la moneda o cualquier bien que se utiliza como tal se mueve libremente en una economía, las divisas se mueven libremente a través de las distintas naciones buscando las que poseen precios relativos más bajos equilibrando así el comercio entre naciones.

Volviendo ahora al caso que nos ocupa, la Argentina, tras la devaluación, estableció un modelo económico sustentado en una cuasi-convertibilidad, la que lleva implícito un tipo de cambio alto, de 3 a 1, entre el peso y el dólar.

Decíamos recién que “si no se interfiere” habría un ajuste de mercado que permitiría que exista una tendencia a igualar las exportaciones con las importaciones. En la economía argentina esto no ocurre porque existe justamente una “interferencia”, cual es el “tipo de cambio cuasi-fijo”. Así como durante la convertibilidad de 1991-2001 la sobre-valuación del tipo de cambio llevó a la Argentina a acumular déficit comerciales, la sub-valuación del tipo de cambio, desde 2003 hasta 2007, llevó a la Argentina a acumular superávit comerciales. El error de política económica se repite como en la década del ´90.

Dado el dólar deprimido de los últimos años, y para mantener el tipo de cambio dentro de las bandas 2,90 a 3,20 pesos, el gobierno ha tenido que intervenir en el mercado cambiario, comprando y acumulando dólares permanentemente como reserva e inyectando una liquidez que no es demandada por los argentinos. Esta emisión monetaria que realiza el gobierno con el objeto de mantener el tipo de cambio cercano a los 3 pesos es lo que causa, a mi juicio, la inflación actual.

Mientras tanto, observamos que varios países latinoamericanos han elegido un camino distinto al de la Argentina, y por ello hoy tienen perspectivas un poco más sustentables. Brasil, por caso, ha dejado apreciar su moneda, logrando crecer a un ritmo similar al de nuestro país con tasas de inflación anuales cercanas al 5 %, y alcanzando el investment grade. Justamente estas políticas han dividido la región en dos: de un lado, aquellos países en los que se recomienda invertir como Brasil, Uruguay, Chile, Perú y México; del otro, aquellos países en los que no se recomienda invertir como Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador.

3. El gobierno no está dispuesto a asumir el costo político de detener la inflación
Sintéticamente, lo que hemos querido expresar más arriba es que será imposible para el gobierno mantener el tipo de cambio en torno a los 3 pesos, y simultáneamente detener la aceleración de la inflación.

En otras palabras, el gobierno deberá elegir entre estos dos objetivos:

mantener el tipo de cambio en los niveles actuales, para lo cual será necesario que el Banco Central continúe interviniendo en el mercado cambiario y la inflación seguirá su curso;
liberar el tipo de cambio y que el Banco Central renuncie a toda intervención. La economía se ajustará a las realidades económicas subyacentes, habrá que congelar el gasto público y la inflación descenderá gradualmente hasta alcanzar la estabilidad (1)
Como decíamos, una de las características centrales del actual modelo económico, que podríamos calificar de “proteccionista”, es mantener el tipo de cambio alto, lo que equivale a salarios en dólares bajos, creando una supuesta mayor competitividad y cuyo objetivo último es la creación de una industria fuerte, sustituyendo importaciones.

Este es el modelo K. Por esta razón no extraña que los analistas afirmen que para resolver el problema los Kirchner deberán dejar de ser los Kirchner, cosa que puede ocurrir pero que no esperamos que ocurra.

Reflexiones finales

El problema hubiese sido más fácil de resolver ayer que hoy, y será más fácil de corregir, a su vez, hoy que mañana. En la medida que dejemos que la inflación se acelere, la gente paulatinamente dejará de demandar pesos, y nos encontraremos en una encrucijada con un altísimo costo social. De hecho, no sería extraño que en 2009 el Banco Central revierta su situación, y en lugar de intervenir comprando divisas para que el tipo de cambio no baje, deberá venderlas, y perder reservas, para evitar que se dispare.

Esto obedece a que deberíamos prestar atención, no al tipo de cambio nominal, sino al tipo de cambio real. Junto con el proceso de normalización de la economía, y acompañado por una reducción del superávit comercial y una suba de los precios de los servicios, el tipo de cambio real se ha venido apreciando en los últimos años y posiblemente ya haya alcanzado su equivalencia con el tipo de cambio nominal. A modo de referencia, en este sentido, podemos tomar el índice Big Mac que publica The Economist, según el cual la Argentina ya es más cara que Estados Unidos. En 2005 el peso estaba 46 % devaluado respecto del dólar. Hoy, el peso está sobrevaluado un 2 % respecto de esta moneda. Esta sobrevaluación cambiaria equivale a aquella que la economía argentina presentaba en enero de 2000, cuando comenzaba el gobierno de De la Rúa.

Lo que este índice nos estaría diciendo es que los salarios en dólares ya se recuperaron de la depresión sufrida en 2001/02 y que la economía argentina ya no es tan competitiva, a los ojos del kirchnerismo, como lo fue en 2003 o en los años siguientes. Es esperable entonces, en la interpretación de estos confundidos economistas que conviven con el gobierno, que esto se traduzca en una nueva devaluación que lleve el tipo de cambio real hacia abajo nuevamente, deprimiendo los salarios en dólares, recuperando la competitividad perdida y transformándose otra vez en el pilar del crecimiento económico. De hacer esto, el gobierno estará tirando más leña al fuego, y la inflación de un dígito en 2003 se convertirá en una bola de fuego que
incendiará nuevamente a la economía de nuestro país.

¿Podemos hablar de hiperinflación? Esperemos que no. Pero no me animaría a afirmarlo definitivamente. El problema no es sólo cambiario. La credibilidad de la gente sobre este gobierno se reduce día a día; a esto se suma el ascenso de la prima de riesgo-argentino que promueve la salida de capitales; tampoco podemos olvidar que tras la disputa con el campo, los bancos han empezado a perder depósitos. Si el gobierno no es creíble, si la incertidumbre aumenta, no se normalizarán las variables macroeconómicas y el Banco Central sufrirá cada vez más presiones. El gobierno podría afirmar que hay reservas para evitar una posible corrida,
pero esto no sería del todo cierto, ya que no hay suficientes reservas para atender todos los depósitos del sistema financiero.

Y para terminar, queremos agregar una última reflexión sobre la crisis norteamericana y su impacto en la economía argentina. La crisis del tequila de 1995 ha demostrado que nuestra economía es frágil y sensible a las subas y bajas de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Una vez que la situación se normalice, es esperable que el gobierno norteamericano apunte a resolver la escalada inflacionaria. En caso de que esto ocurra el escenario más probable es una fuerte suba en las tasas de interés de corto plazo, con su consecuente reducción en los precios de las materias primas, lo que llevará a la Argentina a una situación aún más precaria.

Si queremos evitar una nueva catástrofe, el gobierno debe “actuar” rápido. El presupuesto 2009 que hoy se debate el Congreso no pareciera ser un buen paso en este sentido.

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(1) Congelar el gasto público sería lo más recomendable pero seguramente es políticamente inviable. En 2007, el aumento del gasto público fue del 50 %. En 2008 el crecimiento se estima aproximadamente en
un 40 %.

La crisis del ’29 y la actual

Por Roberto Cachanosky

Un análisis de las diferencias y semejanzas entre ambas crisis financieras, junto con algunas observaciones respecto al papel de la Argentina.

Muchos se preguntan si la crisis financiera que está viviendo el mercado internacional, particularmente EE.UU., puede llegar a ser igual a la de 1929 que luego se prolongó en una depresión. Mi impresión es que –si bien el desenlace depende de lo que hagan el gobierno americano y el resto de los países– esta crisis puede ser más corta y no tan profunda como la del ’29 en relación al impacto sobre la economía real.

¿Cuál fue la causa que inició la crisis de 1929? En ese entonces, el derrumbe de la bolsa de Nueva York fue consecuencia de la política monetaria llevada a cabo por la Reserva Federal a partir de 1924. El objetivo de esa política monetaria había sido depreciar el dólar para estimular las exportaciones americanas y bajar la tasa de interés de modo tal que los capitales fluyeran hacia Europa para que se fortalecieran las monedas que habían quedado debilitadas, especialmente la libra esterlina, como consecuencia de los costos asumidos durante la I Guerra Mundial.

La baja de la tasa de interés en EE.UU. generó un auge de la bolsa norteamericana que llevó el índice bursátil de 79,8 puntos en 1920 a 260,2 en 1929. Es decir que, en 9 años, la bolsa subió un 226%. La libra esterlina mejoró notablemente su cotización frente al dólar, pero no por mejoras en la productividad inglesa, sino por la política expansiva de EE.UU. (algo parecido, a mi juicio, a la relación dólar-euro de los últimos años). Lo mismo ocurrió con el franco francés a partir de 1926, cuando Poincaré se hizo cargo de la administración de las finanzas públicas en Francia.

Si uno observa el inicio de la crisis del 29 y la compara con la actual, encuentra que hay un denominador común: la política monetaria laxa de la Reserva Federal. Es que, luego del atentado a las Torres Gemelas, la Reserva Federal bajó fuertemente la tasa de interés para estimular la economía que había quedado afectada por el ataque terrorista.

¿Otro denominador común? En ambos casos la expansión monetaria generó auges bursátiles artificiales (si bien en la actualidad se recurrió a diferentes instrumentos financieros más sofisticados), presiones inflacionarias y la depreciación del dólar frente a las otras monedas.

Además, tanto en 1927 como en 2004, la Reserva Federal comenzó a revertir la política de bajas tasas de interés para frenar o disminuir la inflación y el auge bursátil.

¿Qué provocó la suba de la tasa de interés en EE.UU. en 1927? Se desaceleró la economía y el índice bursátil empezó a disminuir hasta terminar en pánico con masivos retiros de fondos en el conocido octubre de 1929.

¿Qué pasó con la suba de la tasa de interés en EE.UU. en los últimos años? Primero afecto los créditos hipotecarios, las famosas hipotecas subprime, dado que en EE.UU. esos créditos son a tasa variable, la gente se encontró con que no podían pagar los préstamos. Las carteras de los bancos perdieron valor y comenzó el efecto desplome derivando en los commodities. Es decir, en ambos casos, primero tenemos políticas monetarias expansivas que generan auges artificiales en los mercados financieros. Cuando esas políticas expansivas se tornan peligrosas por las burbujas financieras y las presiones inflacionarias, se empiezan a subir las tasas generando caída de activos, pérdidas patrimoniales, impacto sobre el nivel de actividad económica y crisis financieras. Es decir, los mismos que generan las burbujas luego las pinchas cuando se asustan por el tamaño que adquieren.

Un dato a destacar, sobre todo en el caso de la crisis del 29. No fue el mercado libre ni el patrón oro los que generaron la crisis, sino justamente el intervencionismo estatal en las políticas monetarias, al igual que en la actual crisis que estamos viendo actualmente.

¿Qué diferencias encuentro, por ahora, entre esta crisis y la del 29? La crisis del 29 fue profunda y larga porque el gobierno trató de paliarla actuando sobre el sector real de la economía con regulaciones al por mayor, no solo en EE.UU., sino en buena parte del mundo occidental. Aumentos del gasto público, cierre de la economía, nueva expansión monetaria, regulaciones de precios. Por ejemplo, en EE.UU. se aprobaron subsidios para que los productores agropecuarios norteamericanos dejaran de producir. La idea es que si frenaban la producción los precios se recuperarían. También se declaró la inconvertibilidad del oro en EE.UU. Lo que se hizo en los años 30 fue trabar la economía y prolongar la agonía. Es decir, en vez de dejar que los precios volvieran a su valor normal luego de la burbuja, el Estado norteamericano aplicó el New Deal que produjo más distorsiones de precios profundizando la recisión y prolongándola en el tiempo.

A diferencia de la crisis del 29, en la actual no se observa que el gobierno norteamericano, por ahora, intervenga en el sector real de la economía con medidas como las del New Deal, regulando los precios, aumentado absurdamente el gasto en obras públicas o cerrando la economía al comercio exterior. Su intervencionismo, que por cierto es altamente cuestionable, está centrado en el sistema financiero. Lo que está haciendo es cubrir los quebrantos financieros con los recursos de los contribuyentes y, probablemente, con una política monetaria expansiva que privilegia la reactivación por sobre la inflación, lo cual puede traer nuevas consecuencias en el futuro. Además, deja de lado la teoría de la sanción moral y sale como el séptimo de caballería a salvar bancos y entidades financieras, con lo cual está sentando las bases para que, en el futuro, nuevamente los inversores asuman riesgos desmedidos con la esperanza de que si se equivocan venga el Estado a salvarlos.

Si el gobierno americano no comete los mismos horrores económicos que cometió Roosevelt con su New Deal, podría ser que esta crisis sea más corta y menos profunda que la del 29 o, en el peor de los casos, que sean tan profunda como la del 29 pero no tan larga, dado que, una vez asumidas las pérdidas de la explosión de la burbuja, los precios relativos se reacomodarían rápidamente y la economía podría comenzar a reactivarse nuevamente.

¿Y por cada cómo andamos?

Dediquemos algunos párrafos a la Argentina. Los comentarios de Cristina Fernández de Kirchner de que el primer mundo se cae como una burbuja y nosotros estamos bárbaros muestran el poco conocimiento de la presidente en materia económica.

Primero, porque si la crisis afecta el precio de las commodities, se acabaría el salvavidas que durante todos estos años le permitió al matrimonio mantenerse a flote a pesar de los destrozos económicos que hicieron. Ya no tendrían que luchar para intentar revivir la resolución 125, sino que les sería imposible sostener los actuales niveles de impuestos a las exportaciones. Y esto significaría, ni más ni menos, que la caja se les agotaría más rápido de lo que se les está agotando actualmente. Puesto en términos políticos, no habría caja para sostenerse en el poder. De manera que no entiendo la alegría con que denuncia al primer mundo, salvo que, por su escasa formación intelectual, no termine de advertir cómo esta crisis puede llegar a golpear a su propio gobierno.

Segundo, que intente convencernos de que el modelo argentino es “el modelo” a imitar refleja que todavía no se enteró de que en Argentina hay inflación, pobreza e indigencia crecientes y ausencia de inversiones. Y creer que no pagar la deuda y defaultear los bonos ajustables por CER es una genialidad financiera también luce como pretender vendernos que hacerse fama de mal pagador de las deudas aumenta la capacidad crediticia. Toda una nueva teoría económica.

En definitiva, es cierto que la Reserva Federal –sobre todo bajo la gestión de Alan Greenspan– cometió gruesos errores, pero los americanos todavía tienen que recorrer un largo camino para alcanzar los dislates de los Kirchner. Por lo tanto, mejor que Cristina remueva la viga en el ojo propio antes de concentrarse en ver la paja en el ojo ajeno.

© http://www.economiaparatodos.com.ar

Ciclo de Conferencias: LOS PENSADORES DE LA LIBERTAD

El evento será desarrollado por el Departamento de Investigaciones de la Fundación Friedrich A. von Hayek entre el 15 de septiembre y el 30 de noviembre del corriente.

Duración: 9 encuentros de dos horas cada uno

Lugar: Independencia 1419 – Ciudad de Buenos Aires

Horario: lunes de 18 a 20 hs.

Inicio: 15/9/08

Finalización: 10/11/08

PROGRAMA

15/09 JOHN LOCKE y ROBERT NOZICK
Eduardo Stordeur (h)

22/09 Los FEDERALISTAS y ALEXIS DE TOCQUEVILLE
Constanza Mazzina

29/09 LUDWIG VON MISES
Adrián Ravier

6/10 FRIEDRICH A. HAYEK
Eliana Santanatoglia

20/10 BRUNO LEONI
Pablo Iannello

27/10 KARL POPPER
Gabriel Zanotti

03/10 MILTON FRIEDMAN
Osvaldo Schenone

10/11 MURRAY N. ROTHBARD
Nicolás Cachanosky

17/11 AYN RAND
Ricardo Manuel Rojas

Inscripción gratuita, con cupo limitado, por lo que requiere de inscripción previa: fundacionhayek@hayek.org.ar

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